lunes, 20 de febrero de 2017

Por qué leer a los clásicos por José Ángel Delgado Santos


Dentro del programa Por qué leer a los clásicos, promovido por la Dirección General de Política e Industrias Culturales y del Libro de la Secretaría de Estado de Cultura en su Plan de Fomento de la Lectura en Institutos de Enseñanza Secundaria, el poeta cordobés Alejandro López Andrada dará una charla sobre Ernestina de Champourcin y la generación del 27, el próximo día 23 de febrero a las 13 horas en el SUM. Por otra parte, promovido por la misma Dirección General en su programa Encuentros literarios también tendremos la oportunidad de contar el día 8 de marzo con la presencia de uno de los poetas vivos más importantes de la poesía en español: Antonio Colinas.

Alejandro López Andrada nació en Villanueva del Duque (Córdoba) en 1957. Aunque estudió Ciencias de la Educación, su trabajo ha estado ligado al mundo de la cultura desde hace mucho tiempo: Ha trabajado como asesor cultural de la mancomunidad de Los Pedroches y, en el diario Córdoba, ejerce la crítica literaria y escribe sobre la vida cotidiana en el norte de la provincia de Córdoba. Su obra tiene como centro temático la naturaleza y el mundo rural. Entre sus libros y premios destacan Códice de la melancolía (finalista del premio Adonais, 1989), Album de apátrida (Premio Antonio González de Lama, 1993), La tumba del arco iris (Premio S. Juan de la Cruz, 1994), El rumor de los chopos (Premio José Hierro, 1995), El cazador de luciérnagas (1996, Accésit del Premio Jaime Gil de Biedma), El humo de las viñas (1999, Premio Ciudad de Cáceres, Patrimonio de la Humanidad), Los pájaros del frío (Premios Rafael Alberti y Andalucía de la Crítica, 2000), Los árboles dormidos (Ciudad de Badajoz, 2002), El vuelo de la bruma (Ciudad de Salamanca, 2004 ) y La tierra en sombra (2007, Premio Fray Luis de León ), Las voces derrotadas (Premio Ciudad de Córdoba, 2010). Parte de esta poesía ha sido recogida en la antología La nieve en los espinos (2004). Asimismo no le ha sido ajeno el mundo de los niños, a los que ha dedicado un par de libros: El pais de Violeta (1990) y El bosque del arco iris (1996).

También se ha dedicado a la narrativa con obras como La dehesa iluminada (1990) , La mirada sepia (1994), La bóveda de cuarzo (1996), Bruma (1998), El cesped de la luna (2001), Los hijos de la mina (2003), El viento derruido (2004), Memoria de un tiempo rural (2004), El libro de las aguas ( 2007), que ha sido adaptada al cine por el director Antonio Giménez-Rico en 2008, Un dibujo en el viento (2010), Los ojos de Natalie Wood (2012), Los álamos de Cristo (2014) y Los perros de la eternidad (2016, Premio Jaén de novela). Por último, podemos destacar una recopilación de artículos periodísticos: La luz del Verdinal (2008) y tres ensayos narrativos: El viento derruido (2004), Los años de la niebla (2005) y El óxido del cielo (2009). Dos de sus novelas han sido traducidas al bielorruso y al francés, y precisamente en Francia se han hecho dos estudios sobre su obra narrativa. Además, fue seleccionado en 2006 por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía junto con otros escritores para representar a Andalucía en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México.


 La pedrera
(Abuelo Alejandro)

Al frente, veo la hilera de los álamos
sumergidos en la lluvia,
como músicos
vagando por la inmóvil majestad
del campo abandonado.
Es todo oscuro
y, sin embargo, toco las arrugas
de tu alma siempre alegre. En el dibujo
trazado por el agua en mi memoria,
está tu risa abierta,
el cielo puro,
la misma soledad llena de amor,
la misma lejanía hecha de lutos.
Aún rozo tu silueta
si regreso
desnudo hacia aquel tiempo. En lo profundo,
contemplo el azul limpio
de tus ojos cruzando la vereda,
el bosque húmedo,
el viento
y la cantera de granito
como un palacio muerto, entre los juncos.



Antonio Colinas nació en 1946 en La Bañeza (León). Es principalmente autor de poesía, pero también es novelista, ensayista y traductor. Su trayectoria ha sido seguir siempre un camino personal, a pesar de haber sido encuadrado en un primer momento dentro del grupo de los Novísimos. En Colinas encontramos los temas que traen a la luz del presente la Antigüedad Clásica, el Renacimiento y el Romanticismo, al tiempo que hace suyas otras tradiciones poéticas muy diversas. En su literatura encontramos la conexión entre la experiencia vital y la cultural de tal suerte que su escritura nace de la vida. Por ello su palabra es una palabra vivida con intensidad, que se mueve entre la reflexión y la emoción, y que trasciende lo concreto para llegar a lo más profundo del ser humano.


De sus libros destacamos Sepulcro en Tarquinia (Premio de la Crítica, 1974), Astrolabio (1979), Noche más allá de la noche (1981), Jardín de Orfeo (1988), Libro de la Mansedumbre (1997). Tiempo y abismo (2002) y Desiertos de la luz (2008). En 1982 recibió el Premio Nacional de Literatura por el conjunto de su obra poética. Asimismo ha recibido el Premio de las Letras Teresa de Ávila 2014 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2016. Además ha publicado novelas: Un año en el sur (1985) y Larga carta a Francesca (1986); se ha dedicado también al cuento en Días en Petavonium (1994), la traducción (la obra completa de Salvatore Quasimodo, Premio Nacional de Traducción 2004, concedido por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Italia), el ensayo (El sentido primero de la palabra poética, 1989 ), los libros de viajes (La simiente enterrada, 2005) y la biografía ( de Leopardi: Hacia el infinito naufragio, 1988). Recientemente (2016) ha publicado un libro de memorias: Memorias del estanque.



Mientras Virgilio muere en Bríndisi no sabe
que en el norte de Hispania alguien manda grabar
en piedra un verso suyo esperando la muerte.
Este es un legionario que, en un alba nevada,
ve alzarse un sol de hierro entre los encinares.
Sopla un cierzo que apesta a carne corrompida,
a cuerno requemado, a humeantes escorias
de oro, en las que escarban con sus lanzas los bárbaros,
Un silencio más blanco que la nieve, el aliento
helado de las bocas de los caballos muertos,
caen sobre su esqueleto como petrificado.

“Oh dioses, qué locura me trajo hasta estos montes
a morir y qué inútil mi escudo y mi espada
contra este amanecer de hogueras y de lobos.
En mi villa de Cumas un aroma de azahar
madurará en la boca de una noche azulada
y mis seres queridos pisarán ya la yerba
segada o nadarán en playas con estrellas.” 
Sueña el sur el soldado y, en el sur, el poeta
sueña un sur más lejano; mas ambos sólo sueñan
en brazos de la muerte la vida que soñaron.
“No quiero que me entierren bajo un cielo de lodo,
que estas sierras tan hoscas calcinen mi memoria.
Dioses míos: cómo odio la guerra mientras siento 
gotear en la nieve mi sangre enamorada.”
Al fin cae la cabeza hacia un lado, y sus ojos
se clavan en los ojos de otro herido que escucha:
“Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio.”

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